Estudió literatura en la Universidad Pedagógica Nacional. Tallerista y conferencista de la Casa de Poesía Silva de Bogotá. Invitado al Festival mundial de poesía de Medellín y al internacional de Bogotá, “El patio azul” de Perú, “Habbapalabra” en México, Autor de los libros “Precario Equilibrio” (poesía,1996). “visiones” un inventario de afectos literarios”, ensayos (premio Fondo Mixto de Cultura del Tolima,1988),”Mujeres y otros cuentos de riesgo” (compilación de cuentos,1997), “Ofrendas y tentaciones” (compilación de cuentos,1998), “presencias”, (poesía,2004), “Dònde estará la melodía” (novela,2005). Sus reflexiones sobre algunos poetas del mundo, han aparecido en diferentes revistas nacionales y extranjeras. Fue colaborador del desaparecido Magazín Dominical del diario El Espectador, actualmente colabora en la revista Artificios y en el periódico de libros Lecturas Críticas.
La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne. En un mundo transido de ociosidad, serían los únicos en no hacerse asesinos”. Hay una palabra que de entrada debería estar en el diccionario del ocio: la palabra sueño. Y dado que el soñar es un material propio de la naturaleza creadora, se sabe que el poeta francés Saint Paul Roux cuando se iba a dormir colgaba en el pomo de la puerta de su habitación un cartelito que decía: “Silencio, el poeta trabaja”. Era una manera sencilla de señalar que el sueño reemplaza en el poeta lo que en otros se llama disciplina. Eso lo corroboraría nada menos que el doctor Jonhson cuando afirma: “Los momentos más felices de la vida de un hombre son los que pasa despierto en la cama por la mañana”. Otra cosa es la relación conflictiva que estableció el Creador o, por lo menos, el mayordomo del Paraíso, entre el ocio y el deseo. Si el no-hacer desemboca en el interés por la piel del otro, sería mejor buscarle al hombre un trabajo, alejarlo de su deseo de romper las prohibiciones, que es lo propio de la desocupación. Así parece establecerlo nuestro mayor cronista, Luis Tejada, cuando afirma que “en todas las mitologías el trabajo es considerado como una maldición del cielo. El hombre, desde las edades remotas, ha simbolizado su ideal de vida en una quimérica palabra: Paraíso: Pero la primera condición para que ese Paraíso sea verdaderamente Paraíso, es que no haya necesidad de trabajar en él”. Como quien dice, el ángel que se dejó caer por los suburbios del Paraíso para expulsar al hombre como a un indeseado inquilino, lo condenó más que al nomadeo y a la culpa, a tener que ganarse el sustento vendiendo sus horas de placidez. De paso, para ampliar o complementar el panorama de sus desdichas, acusó a la mujer que lo tentó de ser la culpable de su naciente esclavitud, de todas sus angustias y todos sus quebrantos, como lo expresara el cantor de un ritmo popular que muchos bailarines cantan al oído de su pareja, sin pensar en la gravedad de esa severa pero melódica acusación. Es posible que Luis Tejada hubiera leído a Paul Lafargue, un revolucionario que amaba la pereza no tanto por haber nacido en el Caribe, más exactamente en la isla de Cuba, sino porque creía que el socialismo lo que pretendía era una mayor conquista de ocio. Lafargue, autor del celebrado libro “El derecho a la pereza”, que se casó con una hija de Carlos Marx y que más tarde se suicidó, le otorgaba al ocio una naturaleza divina: “El dios barbudo y hosco, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de pereza ideal: tras seis días de trabajo, descansó toda la eternidad”. En el largo litigio entre el ocio y el trabajo también medió el lúcido portero de la percepción, Aldous Huxley. Decía, casi arengaba Huxley: “Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no olvidéis jamás que es sucio y que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes”. Como si tuviéramos una beligerante militancia o membresía en la secta de los ociosos del bosque de bambúes que instauró Li Bai, aquel mítico poeta chino que escribió treinta volúmenes de poesía producto de su desprecio a la vida muelle y burguesa y, por supuesto, de su desprecio al jornaleo, no nos podemos creer el cuento del “homo faber” como de naturaleza superior al “homo ludens” (“el juego es anterior a la cultura”, decía Huizinga), ni mucho menos debemos sentir culpa cuando no asistimos al trabajo. Por todo esto se hace inolvidable una suerte de premisa taoísta que le adeudamos a la lucidez hiriente de Cioran, una consigna que a veces practico en algunas mañanas de desaliento: “Tomo una decisión, la anulo y me acuesto”. Y como ya me va ganando no tanto el cansancio como la pereza de seguir escribiendo sobre la pereza, sólo me resta invitar a que, en sintonía con el pensamiento de Aldous Huxley y de los muchos pares libertarios que he rastreado en este texto, permanezcamos vigilantes. No nos dejemos convencer del discurso fatuo de los puritanos y de los hombres de negocios que nos quieren poner a trabajar, trabajar y trabajar. Es gente peligrosa, carece de imaginación.
No, no es que Apolo haya retirado su promesa y, escupiendo en la boca de Casandra, haya quitado a sus palabras todo don de persuasión, haciendo inútiles sus profesías para sí y para los demás, no. Es simplemente que nadie quiere creer en la verdad. Y cuando ves la red dentro de la bañera, crees que te han preparado para tu pesca de la mañana y no escuchas nada dentro de ti mientras fuera, por los peldaños de mármol del palacio, va subiendo el tenebroso mensaje con las voces de la desdichada Casandra.